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Veto a la burkha, Francia y Sarkozy

Prohibir, o no prohibir?

Sanal Edamaruku

Viuda Afgana en Kabul, noviembre de 2001, United Nations World Food Program (AP Photo/Laura Rauch)
Viuda Afgana en Kabul, noviembre de 2001,
United Nations World Food Program (AP Photo/Laura Rauch)

El gobierno francés quiere prohibir la burkha, la túnica islámica de cuerpo completo que cubre a las mujeres de arriba abajo y que les permite ver únicamente a través de una malla de tela. "En nuestro país, no podemos aceptar que las mujeres sean unas prisioneras detrás de una malla, separadas de toda vida social, privadas de toda identidad", dijo el presidente Nicolas Sarkozy en una sesión conjunta de ambos parlamentos en el Castillo de Versalles, quien recibió un prolongado aplauso. "La burkha no es un signo religioso, es un signo de servitud, un signo de degradación - lo digo solemnemente", declaró. "No es bienvenida en el territorio de la República Francesa.

El secularismo no es solamente un pilar de la Constitución Francesa; es la esencia de la civilización moderna y tiene que ser defendida en contra de todos los intentos religiosos por deshacer sus logros históricos. Defendiendo su identidad secular, Francia ha sido siempre un modelo alentador por parte de la libertad y el progreso. Pero, ¿puede una estado democrático simplemente prohibir ciertas vestimentas porque son un signo de servitud, religioso o de cualquier otra índole? ¿Qué hay de las mujeres que insisten en que es su elección esconder sus caras y cuerpos en dicha vestimenta? ¿No deberían de tener el derecho para hacerlo? ¿Bajo que argumentos pueden ser detenidas?

Es un caso diferente que lo que ocurrió en 2004, cuando Francia prohibió el hijab y otros símbolos religiosos de las escuelas del Estado. El concepto de escuelas como protectorados, en donde todos los niños son iguales y no pueden ser tocados por las garras del poder político, religioso o familiar; es una de las mejores garantías de una sociedad libre. Y un uniforme "secular", desprovisto de cualquier símbolo religioso, puede crear un clima que aliente a las jóvenes mentes a formar sus propias convicciones y a encontrar su camino en la vida.

Pero las señoritas con burkha son adultos responsables, ciudadanas francesas o visitantes, quienes disfrutan libertad individual y autodeterminación. Esto incluye el derecho de renunciar a su libertad. Y si ellas eligiesen una vestimenta que simula una celda portátil... que así sea.

Es muy posible que ellas defiendan la burkha no solamente por un miedo no reconocido hacia la familia y de la presión social de que ellas podrían albergar un suspiro de alivio si la autoridad del estado francés venciera a la autoridad islámica familiar y las pusiera en libertad. También podría haber otros motivos, que pudieran no ser entendidos o aceptados por muchos de nosotros.

Usar una burkha no es una declaración de moda. Es una sumisión a un código de vestido. Violarlo podría causar malestar, e incluso pánico. Esto podrá no ser realista en Francia, en donde no hay policía moral talibanesa que los puede acosarlas, pero el miedo a romper el tabú sociocultural puede estar tan enraizado que sobrevive el cambio de contexto cultural. En muchas sociedades estar desnudo en público es el tabú más poderoso. Desfilar desnudo es una de las torturas más severas. Muchas personas no son capaces de superar sus inhibiciones y entrar a un baño sauna aunque la desnudez sea aceptada aquí y no suponga peligro alguno. Para algunas mujeres que nunca han mostrado su rostro durante su vida adulta, debe ser igualmente difícil quitarse el velo. En tales casos, el amistoso apoyo puede de ayudar más que una orden de quitarse la ropa.

Si la intención de Sarkozy es ayudar a esas mujeres a liberarse - suponiendo que ellas quisieran recibir ayuda - habrían mejores métodos que la prohibición. La consulta discreta, una línea telefónica de ayuda, ayuda financiera, casas de seguridad, educación y asistencia para encontrar trabajos. Tal oferta debería de hacerse a todas las demás personas, hombres o mujeres, que necesitaran una mano amiga para liberarse de sus prisiones internas.

Pero también hay otra cara de este asunto. Estas momias sin rostro preocupan a muchos ciudadanos sobre lo triste, cruel o quizás los secretos peligrosos que guardan las siniestras ropas. Es un encuentro tenebroso, no sólo por la amenaza terrorista. Para otros es ofensivo el ser forzados a presenciar la degradación de un ser humano debajo de un bulto de ropas negras sin rostro. Es como encontrarse a humanos convertidos en esclavos o portando correas para perros; sumamente perturbador, una ofensa en contra de la civilidad, decencia pública y la moral. Si no tuvieran el apoyo de las instituciones religiosas o de sus tradiciones, las víctimas que luchan contra sus cadenas corren el riesgo de ser etiquetadas como enfermos mentales.

Extrañamente, la más familiar visión de monjas cristianas arropadas con sus hábitos, con equipo de ejecución alrededor de sus cuellos, no molesta mucho al público. Si Sarkozy pudiera tener una visión imparcial, ellas serían las siguientes candidatas de un veto. Sobre el libre albeldrio, muchas monjas no están en mejor posición que las hermanas burkha. Ellas eran unas desafortunadas menores de edad cuando fueron puestas bajo un velo, sin boleto de regreso. Desafortunadamente, la imparcialidad de Sarkozy no está fuera de toda duda. "Soy de cultura católica, tradición católica, fé católica..." declara en su libro "La República, las religiones y la esperanza". Como católico posiblemente rece a la Virgen María, quien en todas sus representaciones tradicionales se muestra cubierta por un velo. Y si decidiera visitar al Papa acompañado por Carla Bruni, ella tendría que hacer honor al protocolo vaticano que demanda que las Primeras Damas estén vestidas de negro y con velo. Recientemente Camila, la esposa del Príncipe Carlos tuvo qu hacerlo. El activismo "secular" radical pasa por alto a religión que no es muy convincente y que bajo ciertas circunstancias puede incluso invitar al comunalismo - un mensaje peligroso.

Desde el punto de visto político, las burkhas son como banderas simbolizando el triunfo del fundamentalismo islámico: una ofensa severa y una señal provocativa en cualquier sociedad secular. Si no tratas de reducirlas, se podrían multimplicar y producir mártires. China no tuvo mucho éxito con la supresión de Falung Gong, porque el movimiento emergió como un símbolo de resistencia y se convertió en el catalista de una severa agitación. Mustafa Kemal Ataturk, el padre de la moderna y secular Turquía, hizo una campaña vigorosa contra la burkha, pero no la prohibió cuando implementó sus amplias reformas políticas, sociales y culturales en el espíritu de la iluminación. Estableció laicidad y equidad de hombres y mujeres en la joven república creando entusiasmo, orgullo y esperanza. En un movimiento similar, Francia en una ocasión doblegó la influencia de la todopoderosa Iglesia Católica y Romana y logró establecer una sociedad laica. Ahora trata de defender su identidad secular en contra de las nuevas olas del mundialmente creciente fundamentalismo islámico.

Pero, ¿es el veto de la burkha realmente la mejor defensa? El fundamentalismo islámico y sus burkhas son una pequeña minoría entre los 5 millones de inmigrantes musulmanes a Francia. Si el gobierno francés decide tomar medidas duras en contra de ellas, el daño causado a la sociedad democrática y los valores de libertad individual y autodeterminación podrían superar los beneficios. Quitar de la vista pública las molestas imágenes de quienes por voluntad propia son víctimas de la supresión religiosa, no resuelve el problema; lo empuja hacia la obscuridad y lo pone fuera de control. La educación púbilca y la oferta de apoyo para aquéllos que quieren liberarse sería mucho mejor solución en cualquier respecto.